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La publicidad crea mucha expectación, ese es su cometido, y en el caso de Arde Madrid creó una gran expectación antes de su estreno, y eso está bien, siempre que se base en una realidad, porque cuando la expectativa se enfrenta a la realidad puede ocurrir lo que me ocurrió a mí al ver el primer capítulo de la serie, que me defraudó… La expectativa que me había creado la publicidad se basaba en que Arde Madrid era la historia de una estrella de Hollywood y su desenfrenada vida en el Madrid de los años sesenta, más la historia de una mujer que entra al servicio de la estrella con el único fin de espiarle para el régimen gobernante…

Al ver el primer capítulo vi claro que la serie no trataba de eso, la estrella de Hollywood (Ava Gardner – Debi Mazar) tiene un papel secundario y la supuesta espía (Ana Mari – Inma Cuesta) es cualquier cosa menos una espía. Pero al final de ese primer capítulo empecé a entrever de qué iba realmente la serie de Paco León y Anna R. Costa. En el segundo capítulo se aclara aún más y comienza a crearte como espectador una expectativa que va en crescendo capítulo a capítulo hasta llegar al séptimo, donde parece que todo se resuelve, pero sólo parece, claro, porque en el octavo y último todas las tramas se unen en un momento delirante para convertir en realidad las expectativas más inalcanzables.

Sin desvelar nada, pero en Arde Madridhe visto un retrato (en blanco y negro) de la España que éramos y de la que estábamos a punto de empezar a ser, y nos la muestra a través de dos personajes quijotescos, dos personajes que representan mundos aparentemente enfrentados, pero que están más cerca de lo que ellas imaginan. La protagonista (Ana Mari – Inma Cuesta) de clase baja, muy baja, adoctrinada desde la infancia, pero que empieza a despertar y a enfrentarse a sus propios miedos, sin miedo a nada, ni siquiera al fracaso. Por otra parte, está (Ava Gardner – Debi Mazar) que representa a la clase alta, muy alta que, borracha de tanto poder y éxito, se revela contra sus propios privilegios y se enfrenta a ellos como si se tratara de molinos de viento que pueden lanzarla a la locura en cualquier momento…

Y entre estas dos ‘Quijotes’ no hay ningún Sancho Panza, no, hay un pícaro, un ‘Lazarillo’ moderno (Manolo – Paco León) que ávido de riquezas y con más suerte de la que se merece, representa el alivio cómico que todo drama necesita.

Y como no podía ser de otra forma, el final es rotundo y Ana Mari, una Quijote que ha sido educada como lo fueron nuestras madres o abuelas es capaz de ver con claridad quién es y qué es lo que realmente quiere. Algo que nos crea una mayor expectativa para esa deseable segunda temporada.

Más información en la web de ARDE MADRID

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